dijous, 4 d’agost del 2011

CódigoS-ex. Bolero



No pudo aquella tarde. Hubiera deseado no estar en la consulta del dentista cuando él la llamó.
      ¿Me invitas a un café? 
      Raquel le dijo dónde estaba pero que, si quería, podía desplazarse hasta allí, que no tardaría demasiado en salir. Y Fernando insistió en que daba igual.
Él sabía que era complicado que Raquel estuviera disponible con esa rapidez. Para empezar, vivía fuera de Barcelona, donde él se encontraba. Pero ¿qué era una tenue mentira si con ella quedaba como un caballero de esos que sólo existen en los manuales? Lo malo, lo peor es que Raquel no cayó en la cuenta, y creyó a pies juntillas que Fernando tenía  ganas de verla. También pudo ser que quisiera decirle la verdad: no nos volveremos a ver. Sin embargo, ese arranque de dejar las cosas claras, pronto lo desmintieron sus próximos mensajes. Todos sin un asomo de me gustaría verte. Todos con remiendos hechos de farsas que Raquel creía una por una, hasta que se topó con la evidencia. Fernando nunca cumpliría lo que le escribía, estoy de viaje por trabajo, ahora por vacaciones, pero nos veremos pronto, no me gusta perder el contacto con personas que valen la pena y tú la vales. Mensajes cada vez más esporádicos. Hasta que desaparecieron.


Ella le dijo no me gusta formar parte de un club de fans. Una página de amigos sólo para mujeres no era nada que le apeteciera. Formar parte de una partida de admiradoras siempre le había despertado sensación de ridículo. Manías quizás,  pensaba ¿Y qué? Si aquí cada cual tiene las suyas.  Él, atento, se excusó: fui entrenador de baloncesto en un equipo de chicas y de ahí. Pero debía ser un equipo de sénior en adelante, porque no había ningún contacto femenino de menos de cuarenta años. Aun así, poco le importaba a Raquel un hombre cuyas fotos parecían fijadas con gomina. Un niño bien que empezó a ligar en los sesenta, pensó entonces. Tenía otras cosas que hacer como para ocupar un tiempo del que no disponía en hacerle caso a un opositor a donjuán nacido en el cincuenta y seis que deseaba haber nacido cinco años después.
            Fernando decía tener cuarenta y nueve, pero un buen amigo coló una fecha  inoportuna para sus pretensiones: ser más joven para atraer a mujeres también unos cuantos años más jóvenes que él. Y Raquel, que no se callaba una, le dijo que las fechas no cuadraban. La reacción fue inmediata. El comentario del buen amigo fue borrado al día siguiente de una observación sin duda impertinente.
            Quedaron un día para tomar una copa, pero un vuelo sin alas se interpuso. Estaba en Madrid por asuntos de trabajo y no tenía billete para un avión ni un Ave de vuelta. Raquel no se acabó de creer tanto descuido, al fin y al cabo no debía ser la primera vez que volvía de un viaje un fin de semana con puente, si es que viajaba tanto como él le anunció. La historia que Fernando le explicó tenía sentido y la aceptó sin más. De todos modos, le dio bastante igual que aquella cita se quedara sin alas.  
            La copa quedó en el aire y ella la olvidó, como se olvidan las cosas que se piensan en duermevela. Como el sopor de un día gris en cuanto sale el sol.
            Aquel recuerdo quedó en un rincón abandonado al polvo, lo mismo que un objeto que aparece cada vez que se ordena el altillo o el desván,  y que se sigue  dejando en el lugar que ocupa desde la decisión de quitarlo de en medio para hacerle un espacio a las cosas más útiles y cotidianas. Hasta que encontró y reconoció al Fernando que sólo había visto en fotos en un centro comercial concurrido de gente una tarde avanzada de sábado. De la mano de una mujer. Y se lo dijo al día siguiente por correo. Era sólo una amiga, le contestó ¿Y qué te parece si nos tomamos esa copa pendiente? Todo ello aliñado con dosis de la charanga jajaja.
            Raquel volvió a pedirle la amistad por la red social de amigos. Le pareció que no estaba de más conocer algo mejor a un hombre que al menos era amable. Esta vez, su espacio no era sólo para mujeres.
            Un día gris, unos nubarrones que amenazaban lluvia, una tarde de viento y frío incorporado, una de marzo haciendo honores a la inestable primavera. Una pereza como pocas y un café que, por fin, espabiló el primer encuentro con Fernando. Chistes y risas  al compás de un sincopado chachachá que Raquel seguía con asombro. Era como si él se mirara en un espejo, y como si el espejo fuera su propio ombligo. Los pies en una silla, el torso erguido en mangas de camisa a pesar de los guantazos del frío, las posturas de su airoso cuello que llevaba a cuestas la cabeza, ahora de frente ahora de perfil. Se despidió de él sin que el calor hubiera llegado del todo a traspasar la capa del jersey grueso que llevaba por debajo de la chaqueta beige. Le apetecía correr.
            Y después el mensaje: Para mí ha sido un bonito rato q me gustaría repetir, aunque esto siempre es cosa de 2. Gracias. Eres una mujercita atractiva e interesante y ahora, haleeee a hacer footing. Un beso.
            A Fernando se le daba muy bien dorar la píldora. Y ella respondió.
           
            El próximo encuentro no se hizo esperar demasiado. Ese fin de semana Fernando la invitó a cenar a su casa. Sólo una amiga, pensó ella. Y en el tono amistoso que correspondía a la recién estrenada categoría de amigos se intercambiaron algunos SMS para decidir la hora, la cena y el espacio que iban a ocupar para dormir. Según Fernando, quedar con una mujer no significaba que tuviera que haber sexo. Según Fernando, lo importante era estar bien. El sexo era totalmente secundario. Según siempre Fernando, nunca iba con una idea planeada.
            Ni mentía jamás.
           
La noche estuvo bien. Hablaron mucho después del café y algunas copas. Raquel pensó no es tan engreído como me pareció el otro día, a pesar de una frase que le sonó a héroe de película con respecto a una mujer: fue la única mujer que me dejó. Pero ¿qué era una mota de polvo en una voz envolvente que hacía las veces de la mullida alfombra de diseño donde los pies de ambos reposaban?
            A las cinco de la madrugada se fueron a dormir. Eso creyó Raquel. Pero él se había ido formando una Idea más sensual de la cama durante la conversación y no tardó en ponerla en práctica. De modo que, como amiga, había ganado algún cupón. Pero a aquellas horas ella ya estaba convencida de la certeza de los puntos de vista que tan seriamente él defendió, y el arrebato  inicial no tardó en convertirse en un plácido estado de coma por su parte.
No les quedó otra que volver a probar por la mañana.
A la semana, hubo un segundo encuentro: palomitas y película de nuevo en mi casa. Raquel no creyó necesario preguntar por el título pues no iba poner peros. Y no los puso, a pesar de que el film se quedó en la incógnita: no encontraron ningún filme entero ni potable después de la ración más o menos generosa de zapping.   
 La charla esquivó cualquier intimidad. Y  Raquel empezó a percibir  de forma sutil que Fernando iba perdiendo el interés por conversar con ella. La noche fue mejor que la velada. Ven, cariño, decía él con el matiz del sólo amiga. Y de pronto aquella ternura en el tono de voz:  tenía ganas de estar contigo. Le vino por sorpresa, una sorpresa que tomó como un postre cuyo sabor descubres delicioso.  
También hubo mañana y un último desahogo. Después de un parco almuerzo con café, Fernando insistió en acompañarla en coche hasta su casa. El silencio cortaba. Y ella empezó a hablar. A hablar, sin más, para llenar el aire de algo que amortiguara el filo  que lo atravesaba. A Raquel no se le ocurrió nada mejor que las palabras. Y mientras tanto pensaba ojalá hubiera vuelto en tren. Al llegar, él apenas se giró para decirle adiós e indicarle con la mano y con cara de velocidad y molestia que cerrara la puerta. Ella acabó de recoger la parte del foulard que había quedado entre su cuello y el asiento, se apresuró a dejar su mano libre y marchó hacia su casa con el pensamiento en suspenso. 
  Raquel vio clara la prisa de Fernando por marcharse de allí. Y pensó se ha acabado el bono de amistad.
          Intuyó que no le volvería a ver.
         Y sin embargo, Fernando la llamó cuando ella estaba en el dentista al cabo de tres días. Cuando era de prever que Raquel no podría acudir al café que él, virtualmente, deseaba. En la virtualidad toda irrealidad se hace posible.


Ella le escribió varias veces desde entonces. Al principio hubo alguna respuesta de vuelta, cordial siempre. Anunciándole lo que no tenía pensado cumplir.


La página de amigos de Fernando se iba completando con  las frases prefabricadas a las que era tan aficionado. La última hizo reír a Raquel: “La apariencia puede seducir, la personalidad puede enamorar!!”


                                          


Raquel no pudo resistirse a comentar: “Pues la firme pechonalidad en cuestión ha debido atraparte de lo lindo, cariño, porque no has vuelto a dejar ninguna pista en la ventana desde que descubriste la oración. Jajaja.”  
La de una amiga de la que Fernando y todos los que se entrenan en la seducción de siga las instrucciones como él,  no tienen una idea preconcebida hasta el cálculo justo de la talla. La Idea del enamoramiento o interés va detrás de analizarse la apariencia, como si se observara la dentadura de un caballo para saber su edad.

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